La iglesia, si no tiene realmente la mira puesta en el cielo, tiende a ser autoindulgente, egocentrista, débil y materialista. Las comodidades de nuestros días consumen la mayor parte de nuestros pensamientos, y si no tenemos cuidado acabamos inevitablemente inventando fantasías sobre el cielo o dejando de pensar en él.
La certeza de ir al cielo tendría que llenarnos de un gozo y de una expectación tales que deberáin elevar nuestros corazones por encima de este mundo efímero.
Todos tenemos nuestra visión del mundo (aunque no seamos conscientes de ello). La visión del mundo de un cristiano, debería estar enfocada, por definición, hacia el cielo.
No importa lo que suframos en esta vida; nunca podrá compararse a la gloria de la vida venidera. De modo que no buscamos evadirnos de esta vida soñando con el cielo, pero sí que llegamos a la conclusión de que podemos soportar esta vida gracias a la certeza del cielo. El cielo es eterno; la tierra efímera.
No hay lugar en el que estemos más "en el hogar" que cuando vivamos con el Señor al final de nuestra vida.
También deberíamos ocuparnos más de la gloria de la eternidad que de las dificultades del presente.
Ello implica que debemos purgar toda mundanalidad de nuestros corazones. Implica aprender a dejar de lado las preocupaciones de esta vida. Implica mirar hacia adelante y vivir a la espera de una esperanza innegable y verdadera. Implica apartar la vista de lo mundano y lo fininto y ponerla de una manera permanente en aquél que es la gloria del cielo.
"Mas nosotros tenemos la mente de Cristo."(1 Corintios 2:16). Podemos dirigir nuestros corazones hacia la gloria eterna del cielo y no hacia las cosas de este mundo, ya que, inevitablemente, estás acabarán convirtiéndose en nada (1Juan2: 16). Somos miembros de una nueva familia, nos hemos transformado en hijos de Dios (Juan 1:12).
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